Verde que te quiero verde…

Cuando hablamos de Conce se nos vienen a la memoria lugares emblemáticos como el Parque Ecuador, los prados de la UdeC o la Plaza de la Independencia, todos ellos espacios públicos que caracterizan a nuestra urbe penquista.  Más de alguno de nosotros aprendió a patinar o andar en bicicleta, compartió con amigos, paseó a sus mascotas, conoció a su primer pololo o dio su primer beso en alguno de estos lugares. En otras palabras, disfrutó de miles de vivencias que perduran en su memoria y lo seguirán haciendo. Posiblemente muchos volveremos a compartir y generar nuevos recuerdos, recorriendo con nuestros hijos o nietos esos mismos sectores.

Y es que, precisamente, una de las características que debieran tener los espacios públicos, especialmente los parques, plazas y áreas verdes de una ciudad, es convocar a sus habitantes y transformarse en componentes significativos de la identidad penquista y particularmente de los barrios. Así lo señala Fanny Lavanchy, arquitecta de la UBB, quien actualmente cursa un magíster en Hábitat Sustentable y Eficiencia Energética en la misma casa de estudios y, además, es docente de la Facultad de Arquitectura, Urbanismo y Geografía de la Universidad de Concepción.

“Sin duda, son una de las áreas más relevantes de la ciudad, porque ahí se produce el encuentro de los habitantes, la convivencia, la socialización. Son espacios donde la diversidad de la ciudadanía encuentra un lugar, pueden manifestarse con sus distintas actividades y, por lo tanto, nos entrega oportunidades de crecimiento y desarrollo como individuos y también como sociedad”.

Al debe en parques y áreas verdes

Pero curiosamente, aunque los penquistas nos sentimos privilegiados, estudios publicados por el Instituto Nacional de Estadísticas (INE) y que recogen los indicadores del Sistema de Indicadores y Estándares de Desarrollo Urbano (SIEDU), construido en conjunto con el Ministerio de Vivienda y Urbanismo (MINVU) y el Consejo de Desarrollo Urbano (CNDU) indican que  con 8,7 m2 de áreas verdes y parques por habitante, nuestra ciudad está por debajo del límite aceptable de  10m2 por habitante que fija el CNDU.

¿Cómo podemos mejorar este indicador? Fanny Lavanchy prefiere mirar en positivo, pensando en que estamos cerca de cumplir con el estándar y, para poder lograrlo, plantea diversas alternativas.

Una de ellas es establecer que todos los nuevos desarrollos habitacionales tengan una exigencia un poco mayor de superficies de este tipo, “pero no es solamente pensar en metros cuadrados de pasto, sino que también un área verde efectiva, que realmente se consolida como el espacio público principal”.

Al mismo tiempo, señala que debiese haber una acción de revitalización de las áreas verdes y parques actuales, lo que implica una acción de recuperación ambiental, regeneración urbana y de la edificación.

“El espacio público es de por sí un regulador urbano y tiene que permitirnos mejorar nuestra calidad de vida, generar lazos entre la gente que vive en esos sectores y hacernos sentir identificados con ellos, porque de alguna manera me entrega aquello que yo como habitante necesito”.

Y añade que, para lograr esto, “es importante proponer nuevos usos, distinto tipo de comercio, algún tipo de mercado, de restoranes, si hay un barrio patrimonial, hay que ponerlos en valor, implementar actividades culturales, entre otras cosas.” 

Junto con ello, para esta arquitecta también es importante trabajar en temas como la seguridad de esos espacios, la iluminación permanente y de buena calidad, considerar ciclovías, peatonalizar cada vez más esas áreas, mantener mobiliario en buen estado y que puedan dar una respuesta clara a las necesidades del clima y a la inclusión de personas que tienen problemas de movilidad. Todo esto de la mano ojalá de procesos participativos y colaborativos con los habitantes de los barrios en que se emplazan y sin dejar de lado los aspectos asociados a la sustentabilidad.

Finalmente, en cuanto al impacto del Covid 19 en este tipo de espacios, la profesional plantea que “lo fundamental es el proceso de educación de la gente y algunas adecuaciones menores de infraestructura. Cosas como trazar nuevos senderos, incorporar bebederos accionados con el pie, más basureros para poder botar las mascarillas e incluso, tal vez, contar con dispensadores de mascarillas para su recambio”.